Boletín de Noticias de las Secciones Sindicales de FeS - UGT

en el Banco Popular Español de Canarias

Número 9 - Marzo de 2001

  

DECIDIRSE A DECIR NO

1 diciembre de 1955. Rosa Park, terminada su jornada de trabajo como costurera, espera el autobús que la llevará de vuelta a su casa en Montgomery, Estado de Alabama. El autobús se detiene. No siempre lo hace. A veces, si sólo hay negros en la parada, pasa de largo. Rosa sube y se dirije a las últimas filas de asientos, las únicas que los negros pueden ocupar, y únicamente si todos los blancos están sentados. Ocupa un asiento libre del pasillo, junto a un hombre negro situado al lado de la ventanilla, y frente a otras dos mujeres de su misma raza. En la segunda o tercera parada entran varios blancos. Uno no encuentra sitio y se queda de pie. Al darse cuenta, el conductor del autobús conmina a los negros a que se levanten para dejarle el asiento. Rosa ve que es un hombre todavía joven. Si hubiera sido un anciano o un niño se hubiera levantado, pero esta vez decide no hacerlo. Hará lo que piensa que deberían hacer los negros: decir no.

Rosa esta cansada; no del trabajo, sino del trato que los negros reciben, cada día, todos los días, toda la vida. Recuerda a su madre, que cree en la libertad y la igualdad, diciéndole “somos seres humanos y debemos ser tratados como tales”. Recuerda a sus abuelos, que habían sido esclavos. No, esta vez dirá que no. No dejara que el miedo atenace su espíritu libre. Ve como los que van a su lado se levantan mansamente. El conductor le pregunta si ella no piensa hacerlo. Y dice que no. El conductor le advirte que tendrá que denunciarla. “Puede hacerlo”, dice suavemente Rosa. El conductor detiene el autobús y avisa a la policía. Dos policías llegan y preguntan a Rosa por qué no se ha levantado. “Pensé que no debía hacerlo”, responde. La arrestan y la conducen a la comisaría.

La comunidad negra de Montgomery, a cuyo frente está un joven pastor baptista, Martin Luther King, hasta entonces desconocido, reacciona. Hacen un boicot a los transportes públicos que dura trescientos ochenta y un días. Más de un año yendo a pie a todas partes, sin subir a un autobús o a un tren.

El 13 de noviembre de 1956 el Tribunal Supremo de los Estados Unidos decreta unánimemente que la segregación en los autobuses de Montgomery, Alabama, es anticonstitucional. El humilde desafío de Rosa Park ha concluido con una gran victoria.

Enero de 2001. Una de las capitales insulares del archipiélago canario. “I“, hasta ese momento empleada de una entidad bancaria de ámbito nacional y directiva de la misma, acepta en el SEMAC su baja en la Empresa mediante la fórmula del despido improcedente. También está cansada, como lo estuvo Rosa Park. Días atrás le han acusado de cosas tan peregrinas que, el recordarlo, le produce sonrojo aún. Porque la realidad es mucho más sencilla y terrible por su propia simplicidad: “I“ cumplía con su trabajo dentro del horario legalmente establecido; “I“, entre otras cosas, se negaba a dejarse explotar en jornadas interminables de trabajo por las tardes; “I“ había tenido el coraje de decir no a los abusos y presiones de sus superiores; “I” se había significado en la defensa de sus compañeros de trabajo; y ahora se lo están haciendo pagar mezquinamente. Hace falta mucho valor para hacer lo que hizo Rosa Park. Y para hacer lo que hizo “I“, sin aspavientos, sin alharacas: ambas se han atrevido a enfrentarse, a decir no. Y ambas sufrirán las consecuencias de ello. Afortunadamente 2001 no es 1956. “I“ no ha sido detenida, ni vejada, ni ha terminado en la cárcel, como Rosa Park. Podía haber seguido siendo una eficaz y honesta empleada del Banco en cuestión si otros, antes que ella, hubieran practicado a tiempo la eficaz pedagogía del “no” . A fin  de cuentas no era tan complicado: hubiera bastado con decir en su momento, suave, pero firmemente, “no“.

Decir no, cuando les propusieron un traslado fuera del ámbito territorial fijado por el Convenio, y dijeron que sí.

Decir no, cuando les propusieron la asunción de poderes sin aumento de categoría, y también dijeron sí.

Decir no, cuando les fijaron tareas y objetivos que sobrepasaban sus funciones, y llenos de miedo, siguieron diciendo sí.

Decir no, cuando les incrementaron su jornada de trabajo sin remunerársela conforme a lo fijado legal y convencionalmente, y tragándose su orgullo, volvieron a decir sí.

Decir no, cuando les ofrecieron unos pactos individuales que les  dejaban  inermes y maniatados ante su Empresa, al margen de sus derechos y obligaciones como profesionales, y dijeron sí una vez más.

Decir no, cuando les propusieron incorporarse a una asociación creada, sostenida y manipulada por la Empresa, al margen y en contra de sus  intereses como trabajadores, y no vieron otra solución que decir sí.

No; la verdad es que no hubiera sido tan difícil. Hubiera bastado, sencillamente, con decidirnos a decir no y cumplir honestamente con nuestro trabajo. Y si lo hubiéramos hecho todos, seguro que no tendríamos más razones (salvo las de nuestro agradecimiento sincero) para recordar el humilde y valeroso gesto de Rosa Park; y tampoco habría más “I“ que tuvieran que pagar un precio por nuestra falta de coraje.